Afortunadamente, como la mayoría de los niños, ANTES de EMPEZAR la escuela yo ya HABÍA COMENZADO a APRENDER lo más indispensable y valioso para la vida; me lo ENSEÑARON los manzanos, la lluvia y el sol, los ríos y los bosques, las abejas y los escarabajos, me lo ENSEÑÓ el dios del Pan, me lo ENSEÑÓ el ídolo danzante en la cámara del tesoro del abuelo. Yo ya SABÍA ARREGLÁRMELAS en el mundo, FRECUENTABA sin temor animales salvajes y estrellas, CONOCÍA a fondo los huertos y el agua donde HABITABAN los peces y entonces ya SABÍA yo un buen número de canciones. También SABÍA HACER magia -saber que por desgracia pronto PERDÍ y que TUVE que REAPRENDER a edad AVANZADA - y DISPONÍA de toda la sabiduría legendaria de la infancia.
A ello se VINIERON a sumar las ciencias escolares; ellas me RESULTABAN fáciles y me divertían. [...]
Hasta los treces años, yo jamás me PREUCUPÉ seriamente de lo que SERÍA de mí ni del oficio que PODRÍA APRENDER. Como a todos los muchachos, me GUSTABAN y ATRAÍAN muchas OCUPACIONES, como carretero, equilibrista, explorador polar. Pero lo que más me HUVIERA GUSTADO, con mucho, ERA LLEGAR a SER mago.

No hay comentarios:
Publicar un comentario